
Abro los ojos muy lentamente. Me cuesta darme cuenta de donde estoy, así que miro a mi alrededor. Empiezo a acordarme de todo. Entonces, no ha sido un sueño y Alejandro está durmiendo a mi lado. Tengo miedo de mirar. Me doy la vuelta y él está ahí. Qué bonito se ve durmiendo, ¿estará soñando?
Siento mucho frío y ya no tengo ganas de seguir acostada. Mejor me sentaré y lo observaré. Se ve tan lindo. ¿Qué hora será? Apenas empieza a clarear. ¿En dónde habrá quedado mi reloj? No importa. ¿Por qué hace tanto frío? Por supuesto, estoy desnuda. ¿Cómo es que Alejandro no siente frío?
No quiero cerrar los ojos porque si lo hago empezarán a venir a mi cabeza imágenes de lo que pasó ayer. No es que me arrepienta, es sólo es que todo es tan confuso.
Vuelvo a acostarme. Acomodo la almohada y cierro los ojos. De todos modos, tarde o temprano tendré que enfrentar estos recuerdos.
Ayer fue viernes y, como todos los viernes, mi mamá y mi hermana se fueron a la casa de mi abuela. Alejandro lo sabía y vino a ofrecerse descaradamente a pasar la noche conmigo y, además sabía que yo no le podía negar nada. Acepté irremediablemente.
Traté de convencerlo de quedarse a dormir en la sala pero, en lugar de escucharme, subió a mi cuarto, se acostó en mi cama y juró que nadie lo iba a mover de ahí. Me reí de él y le dije que podía quedarse porque yo podía irme al cuarto de mi mamá. Frunció el ceño y levantó las manos en señal de derrota. dijo que se rendía, pero me pidió que me quedara un rato más con él. Volví a aceptar.
Lo que siguió después aún no está muy claro en mi mente. Sólo recuerdo que empezó a besarme y me sentí como si estuviera cayendo en un abismo. Era como dormida y despierta al mismo tiempo. Sabía lo que pasaba y no me negaba, pero las sensaciones eran tan nuevas, extrañas y se sentían tan bien.
Alejandro sabía lo que estaba haciendo, obviamente. Había seguridad en todos sus movimientos. Los ojos le brillaban, su piel estaba caliente y se acercaba a la mía, que estaba tan fría. Su pelo estaba suave y su cuello olía bien. Por otro lado, yo temblaba de pies a cabeza. El corazón me latía en todos lados: en el pecho, en la garganta, en la cabeza, en los oídos, en las muñecas, en el vientre.
De repente, escuché su voz que me decía que no debía tener miedo. Yo no tenía miedo. Todo era raro, pero no tenía miedo.
Y ahora estoy aquí tratando de reunir las piezas de este rompecabezas. Alejandro se está moviendo, ¿se irá a despertar ya? Creo que sí. Él abre los ojos, se estira, me mira y dice: "Hola, extraña".







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