
Conocí a Alejandro cuando yo tenía cinco años y él ocho. Éramos vecinos. Nuestras familias eran muy cercanas, así que pasábamos mucho tiempo juntos. Incluso asistí al mismo colegio que él hasta el quinto grado. En fin, estuvimos juntos desde siempre.
Al principio, él era sólo mi compañerito de juegos. Luego, se convirtió en mi mejor amigo, mi hermano, mi protector, mi amor.
Alejandro fue siempre hermoso. Medía un metro ochenta. Era delgado y un poco musculoso. Tenía el cabello rubio oscuro y lo llevaba hasta los hombros; su rostro, de tez blanca, era de rasgos finos, gatunos; sus gestos y semblante eran graciosos; sus ojos eran azules y brillantes. Le gustaba vestirse con colores oscuros como el negro, el azul o el café. A mí también me gustaba.
Poco a poco, los años fueron apartando al niño y dando paso al hombre, a la sensualidad y a la picardía. Cuando cumplió 15 años, su pasatiempo favorito era tener tres novias al mismo tiempo y cambiarlas cada dos meses. Por lo demás, le gustaba escuchar metal sinfónico, tocar la guitarra y dibujar. Era un diablillo rubio. Yo, por mi parte, lo veía ir y venir siempre con la misma sonrisa juguetona. Escuchaba en silencio todo lo que quería decirme. Era tan hermoso.
Recuerdo que yo llegaba a su casa después del colegio, él abría la puerta y empezaba su discurso: “Al fin llegaste…”, “fíjate que hallé este libro y te va a encantar…”, “veamos esta película…”, “pero hay que ir a comprar algo de comer…”, “conocí a otra chera…”, “ya sabes que va a venir Sepultura…”, “puta, va a estar bueno ese toque…”, “pero creo que tengo examen de mate ese día…”, “vale verga…”. Todo lo decía con tanta naturalidad que me parecía imposible que ese hombre fuera real. Me fascinaba ahogarme en su mar de palabras. Me limitaba a contemplar su rostro animado, sus ojos brillantes que bailaban de un lado a otro, sus gestos, su cuerpo y su mano que acomodaba un mechón de pelo detrás de su oreja.
Siempre estuve enamorada de él y sabía que él lo estaba de mí. A pesar de eso, nunca hice ni insinué nada porque, ahora me doy cuenta, no creía merecer a alguien como él. Así que, sólo me conformaba con ser la persona a la que él le contaba todo. Para mí, era suficiente.
Ah, pero él conocía mis sentimientos y decidió que no podía seguir esperando a que yo me dejara de estupideces y que debía dar el primer paso. El maldito niño rubio y brillante me convenció de no ir al colegio para pasar el día con él. Cuando llegamos a su casa, sin haber llamado a una ambulancia antes, me lo dijo: “Quiero que seamos novios”.
Pensé que estaba bromeando y empecé a buscar en sus ojos cualquier rastro de la picardía que tenían cuando me estaba tomando el pelo. No había nada. Estaba diciendo la verdad. Comencé a temblar, mi pulso se aceleró, no podía hablar y él quería una respuesta.
No podía ser yo tan idiota como para hacer esperar a ese ángel. Peor aún, una idiota como yo no podía esperar que ese ángel hablara en serio. Sin embargo, él no era capaz de engañarme de aquella forma. Sus ojos no mentían.
Entonces, me besó. Qué tonto. Podía irse olvidando de mi respuesta. ¿Cómo diablos pretendía que yo emitiera sonido alguno después de que me besara? Imposible.
Al final, pude decirle que sí quería que fuéramos novios. Aunque no lo pude creer las semanas siguientes. Estaba tan feliz que no importó ganarme a sus ex novias como enemigas de por vida.
Siempre he sabido que la vida no es justa. No obstante, esperaba que se hiciera una excepción en el caso de Alejandro y yo. Qué imbécil fui. La felicidad duró tres meses. Qué crueldad. Todavía, cuando me pongo a pensar en ello, llego a la conclusión de que la vida está loca. Ni en la más tenebrosa de las dimensiones la belleza y perfección llamada Alejandro hubiera terminado entre los hierros de su carro. Oh, sí, él murió. El amor de mi infancia y adolescencia está muerto.

No. No, él no está muerto. Digamos que todavía está vivo. Eso sería menos doloroso. Supongamos que ahora él y yo vivimos en un pequeño pueblo; en donde llueve siempre; en donde las mañanas siempre son blancas y frías como sus manos; y en donde, cada noche, su hermosura cae sobre mí como una noche de fantasías azules sobre las montañas en invierno.
No puedo evitar imaginar lo que pudo haber pasado si él no hubiera fallecido. He inventado por lo menos mil historias hasta ahora. En todas hay un final feliz, obviamente. No piensen que es cobardía o evasión de mi parte. Es simplemente un acto final de compasión por mí misma y por él. Es como devolvernos un pedazo de la dicha de la cual la vida nos privó.