La belleza de un hombre

martes, 10 de febrero de 2009


Yo no puedo definir la belleza de un hombre. “Está bueno ese chero”, de acuerdo; pero, encuentro que esa expresión se queda un poco corta.

Cuando yo lo vi por primera vez, no podía decir a ciencia cierta su edad, veinticinco o veintiocho; no tenía arrugas. Era una mezcla de hombre y adolescente. Tenía el cabello largo y rubio, con la raya en medio, los mechones distribuidos a cada lado de su rostro, inclinados como la grama después de la lluvia, las cejas largas y arqueadas, una nariz pequeña, los labios animados.

Sus labios parecían querer besar, sonreír y decirme: yo amo, yo no amo, esto es divertido, esto es bello, yo hablaré, yo quiero escuchar y comprender, yo soy una boca que habla mil lenguas, yo soy una vida sensual, imprevisible, apasionada.

El cuerpo no estaba nada mal; en sus brazos y espalda se podía adivinar que le gustaba hacer ejercicio. Pero, sobre todo, daba la impresión de delicadeza, de fuerza y vulnerabilidad, de atleta y bailarín.

Sus ojos, al igual que sus labios, estaban animados, sombreados por destellos azules y dorados. Tenía una mirada que, mientras se posaba en mí, parecía decir: “Tú eres la persona, la más importante del mundo”.

No me gusta tomar


No. Nunca me ha gustado tomar como tomé ayer, aunque nadie de los que me vieron ayer me crea. Claro que no puedo negar que la sensación de desinhibición es placentera, pero en mi caso no es del todo de esa manera. El problema conmigo es que, a pesar de parecer que no sé lo que estoy diciendo o haciendo, estoy siempre consciente. Me gustaría dejar de ser consciente. Estar consciente puede llegar a ser un tormento.

Ayer, por ejemplo, tomé demasiado. Cómo me arrepiento de haberlo hecho. Me fui a la cama con un gran vacío y con unas gigantescas ganas de llorar. Cuando todos dormían, lloré. Lloré en silencio porque mucho de lo que creí talvez no sea cierto. Una mierda.

Otra de las razones por las que no me gusta beber en exceso es por lo que me sucede después, cuando todo ha terminado. Me refiero a la maldita certeza de que no importa cuánto me esfuerce, porque siempre acabaré consumida por el miedo. ¿Miedo a qué? No tengo la más mínima idea. Lo único que sé es que hay algo, allá afuera, en el futuro, que está esperando para hacerme pedazos.

Fuera de vista, fuera de tiempo, fuera de mí.

viernes, 6 de febrero de 2009

Eran ya las siete de la mañana. Hora de entrar a clases. Yo estaba en el parqueo, sentada en una de las bancas, esperando. A mi alrededor todos corrían, hablaban y reían. Hacía viento y tenía que estar apartando los mechones de mi pelo negro que se me venían a la cara con insistencia. Todos reían, sólo yo esperaba.

De repente, empezaron los murmullos y las exclamaciones de sorpresa. Habían llegado... y con compañía.

Miré hacia el suelo porque tenía miedo. Vi mis zapatos. escuchaba claramente cómo todos hablaban de él. Las chicas susurraban a mi lado. Podía sentir cómo las miradas se paseaban de él hacia mí. Yo no podía levantar la cabeza, apretaba con fuerza la falda de mi uniforme y el viento me revolvía el pelo en la cara.

En un arranque de valentía levanté la cabeza y los vi: caminaban hacia donde yo estaba. Él tenía su brazo alrededor de la cintura de ella. Ella sonreía. Él habalaba a su oído y ella se sonrojaba. Se acercaban cada vez más. En un instante mis ojos y los de él se encontraron, pero él apartó los suyos rápidamente.

Los dos pasaron a mi lado, siguieron de largo y se perdieron de vista en el pasillo de la entrada del colegio. Ahora todos me miraban a mí.

Sonó el timbre y entramos a clase. Yo me sentía muy mal, asó que fui al baño primero. Una chica me lanzó una sonrisita irónica cuando entré. Empecé a lavarme la cara, La chica salió y me quedé sola. Me vi en el espejo, vI cómo el agua escurría por mis mejillas encendidad por la ira. Cerré los ojos con fuerza y lo vi a él acariciando el cabello de ella. Bueno -me dije- en ese caso los dos pueden irse al infierno. Ya me encargaré yo de que eso pase.

Durante el recreo los vi besándose en el laboratorio de química y estoy segura de que él me vio pero siguió en lo suyo como si nunca me hubiera visto. Bien, bien. Por mí podían quedarse ahí para siempre en medio del cloroformo, el benceno, los fetos de ranas, la estructura del ADN, el efecto Doppler... explosivos.

Una semana después, en el recreo, esperé a que salieran todos del salón. Los metí cuidadosamente dentro de la mochila de él. El año pasado mi papá me había ayudado a instalar el contador de tiempo para un experimento de física, así que fue cosa fácil. Todo funcionaba de maravilla. Ahora sólo tenía que esperar.

La noticia estuvo en todos lados. El carro voló en pedazos en el parqueo del colegio con los dos adentro. La policía concluyó, después de unos días, que él había fabricado la bomba para hacerla explotar en el laboratorio de química como una broma, pero que algo salió mal y terminó matándose a él y a su novia. Después de todo, él era un chico muy travieso y siempre andaba haciendo bromas en todo el colegio.

Yo lo ví todo desde la segunda planta del edificio que da al parqueo. Todos reían, sólo yo esperaba. Y de repente: ¡Pum! Mi espera había terminado y ya nadie reía.

El pasado

Es gracioso ponerse a pensar en algunas cosas del pasado. Recuerdo, por ejemplo, que hace tres años sentía un desprecio y una sed de venganza tal hacia los hombres que terminé haciendo cosas estúpidas.


Como les decía, quería hacer sufrir a los hombres. En ese momento se cruzó en camino Luis. ¡Pobre! Lo engatusé descaradamente, lo manipulé, engañé y me sentí bien por ello. Pero, no me malinterpreten, yo no quería hacerle daño, sólo quería saber lo que se sentía engañar a alguien.

¿Por qué lo traté así? Porque podía, simplemente. Oh, y me divertí mucho. Traten de entender: él nunca sabría la verdad y yo me salía con la mía. Punto. Nadie salía herido.

Las cosas se pusieron difíciles cuando llegamos a la parte concerniente al sexo. Gran problema. De ninguna manera iba a llegar tan lejos. Por lo tanto, mentí. Le dije que era todavía virgen. ¡Ja! Por un lado, se lo dije porque es lo que todos los hombres quieren oír; por otro lado, si decía la verdad sobre mi virginidad, él preguntaría sobre quién había sido el primero y yo nunca hablo de eso con nadie.


Esta pseudo relación duró casi un año. Yo ya me había cansado de mi propio jueguito, pero no podía cortarlo porque se sentiría mal. Así que, paulatinamente, fui dejando de demostrar aquel amor fingido que él creía verdadero. El resultado fue que se enamoró de otra chica.


Todo resultó bien: él, estoy segura, sigue pensando que él me hizo daño y yo, conseguí mi libertad de nuevo.

Un viernes extraño


Abro los ojos muy lentamente. Me cuesta darme cuenta de donde estoy, así que miro a mi alrededor. Empiezo a acordarme de todo. Entonces, no ha sido un sueño y Alejandro está durmiendo a mi lado. Tengo miedo de mirar. Me doy la vuelta y él está ahí. Qué bonito se ve durmiendo, ¿estará soñando?

Siento mucho frío y ya no tengo ganas de seguir acostada. Mejor me sentaré y lo observaré. Se ve tan lindo. ¿Qué hora será? Apenas empieza a clarear. ¿En dónde habrá quedado mi reloj? No importa. ¿Por qué hace tanto frío? Por supuesto, estoy desnuda. ¿Cómo es que Alejandro no siente frío?

No quiero cerrar los ojos porque si lo hago empezarán a venir a mi cabeza imágenes de lo que pasó ayer. No es que me arrepienta, es sólo es que todo es tan confuso.

Vuelvo a acostarme. Acomodo la almohada y cierro los ojos. De todos modos, tarde o temprano tendré que enfrentar estos recuerdos.

Ayer fue viernes y, como todos los viernes, mi mamá y mi hermana se fueron a la casa de mi abuela. Alejandro lo sabía y vino a ofrecerse descaradamente a pasar la noche conmigo y, además sabía que yo no le podía negar nada. Acepté irremediablemente.

Traté de convencerlo de quedarse a dormir en la sala pero, en lugar de escucharme, subió a mi cuarto, se acostó en mi cama y juró que nadie lo iba a mover de ahí. Me reí de él y le dije que podía quedarse porque yo podía irme al cuarto de mi mamá. Frunció el ceño y levantó las manos en señal de derrota. dijo que se rendía, pero me pidió que me quedara un rato más con él. Volví a aceptar.

Lo que siguió después aún no está muy claro en mi mente. Sólo recuerdo que empezó a besarme y me sentí como si estuviera cayendo en un abismo. Era como dormida y despierta al mismo tiempo. Sabía lo que pasaba y no me negaba, pero las sensaciones eran tan nuevas, extrañas y se sentían tan bien.

Alejandro sabía lo que estaba haciendo, obviamente. Había seguridad en todos sus movimientos. Los ojos le brillaban, su piel estaba caliente y se acercaba a la mía, que estaba tan fría. Su pelo estaba suave y su cuello olía bien. Por otro lado, yo temblaba de pies a cabeza. El corazón me latía en todos lados: en el pecho, en la garganta, en la cabeza, en los oídos, en las muñecas, en el vientre.

De repente, escuché su voz que me decía que no debía tener miedo. Yo no tenía miedo. Todo era raro, pero no tenía miedo.

Y ahora estoy aquí tratando de reunir las piezas de este rompecabezas. Alejandro se está moviendo, ¿se irá a despertar ya? Creo que sí. Él abre los ojos, se estira, me mira y dice: "Hola, extraña".

El fenómeno (viendo Diarios de la calle)

Primero, debo decir que me impresionaron las situaciones por las que pasaban los personajes de la película y la manera en la que cada uno de ellos reaccionaba ante la injusticia. Realmente, no fue muy difícil imaginar lo que esos chicos sufrían. Después de todo, vivo en el país más violento de Latinoamérica. Eso no es gratis.


Por otra parte, la película me horrorizó. Cuando me di cuenta que la trama se desarrollaba en la infame ciudad de Los Ángeles, sentí una punzada en el estómago. Instintivamente, volví a sentir el rechazo; aunque, claro está, nunca sufrí el rechazo por mi color de piel como los chicos de la película. Lo mío fue diferente. No, miento. El rechazo es rechazo.


Desde que tenía 10 años, viajaba a Los Angeles cada fin de año para visitar a mis tías y a mis primas. Era horrible. A los 15 años me rebelé contra esos viajes y nunca volví.


¿Por qué no me gustaba estar en Los Angeles? Bueno, no me llevaba bien con ninguna de mis primas. Me hacían sentir mal, aun cuando yo sabía que no había nada por lo qué sentirme mal. Decían que yo era un fenómeno. Les molestaba que mis tías repitieran lo buena niña que yo era a toda hora. Además, les parecía extraño que me gustara la ópera y los libros.


Mis libros se quedaban en mi maleta, escuchaba la ópera con audífonos y yo permanecía lejos de ellas. Si les caía tan mal, sólo tenían que ignorarme. Ellas eran, después de todo, más bonitas y hacían todo mejor que yo. ¿Acaso no era suficiente? No. Tenían que torturarme.


Yo traté de llevarme bien con ellas, pero nunca he sido buena para relacionarme con la gente, así que todo fracasó. Bueno, no era mi culpa si ellas no sabían apreciar un libro o si no se daban cuenta que la ópera también es música y, definitivamente, no era mi problema si sus estúpidas madres no tenían otra cosa de la que hablar si no de mi maldita bondad. Por Dios, ¡no era bondad, era timidez!


Hace cuatro años que no pongo un pie en Los Angeles. Lo último que supe es que tres de mis cinco primas están embarazadas; otra está en la cárcel y otra, en rehabilitación. ¡Y decían que yo era el fenómeno!

Noche de fantasías azules


Conocí a Alejandro cuando yo tenía cinco años y él ocho. Éramos vecinos. Nuestras familias eran muy cercanas, así que pasábamos mucho tiempo juntos. Incluso asistí al mismo colegio que él hasta el quinto grado. En fin, estuvimos juntos desde siempre.
Al principio, él era sólo mi compañerito de juegos. Luego, se convirtió en mi mejor amigo, mi hermano, mi protector, mi amor.

Alejandro fue siempre hermoso. Medía un metro ochenta. Era delgado y un poco musculoso. Tenía el cabello rubio oscuro y lo llevaba hasta los hombros; su rostro, de tez blanca, era de rasgos finos, gatunos; sus gestos y semblante eran graciosos; sus ojos eran azules y brillantes. Le gustaba vestirse con colores oscuros como el negro, el azul o el café. A mí también me gustaba.

Poco a poco, los años fueron apartando al niño y dando paso al hombre, a la sensualidad y a la picardía. Cuando cumplió 15 años, su pasatiempo favorito era tener tres novias al mismo tiempo y cambiarlas cada dos meses. Por lo demás, le gustaba escuchar metal sinfónico, tocar la guitarra y dibujar. Era un diablillo rubio. Yo, por mi parte, lo veía ir y venir siempre con la misma sonrisa juguetona. Escuchaba en silencio todo lo que quería decirme. Era tan hermoso.

Recuerdo que yo llegaba a su casa después del colegio, él abría la puerta y empezaba su discurso: “Al fin llegaste…”, “fíjate que hallé este libro y te va a encantar…”, “veamos esta película…”, “pero hay que ir a comprar algo de comer…”, “conocí a otra chera…”, “ya sabes que va a venir Sepultura…”, “puta, va a estar bueno ese toque…”, “pero creo que tengo examen de mate ese día…”, “vale verga…”. Todo lo decía con tanta naturalidad que me parecía imposible que ese hombre fuera real. Me fascinaba ahogarme en su mar de palabras. Me limitaba a contemplar su rostro animado, sus ojos brillantes que bailaban de un lado a otro, sus gestos, su cuerpo y su mano que acomodaba un mechón de pelo detrás de su oreja.

Siempre estuve enamorada de él y sabía que él lo estaba de mí. A pesar de eso, nunca hice ni insinué nada porque, ahora me doy cuenta, no creía merecer a alguien como él. Así que, sólo me conformaba con ser la persona a la que él le contaba todo. Para mí, era suficiente.

Ah, pero él conocía mis sentimientos y decidió que no podía seguir esperando a que yo me dejara de estupideces y que debía dar el primer paso. El maldito niño rubio y brillante me convenció de no ir al colegio para pasar el día con él. Cuando llegamos a su casa, sin haber llamado a una ambulancia antes, me lo dijo: “Quiero que seamos novios”.

Pensé que estaba bromeando y empecé a buscar en sus ojos cualquier rastro de la picardía que tenían cuando me estaba tomando el pelo. No había nada. Estaba diciendo la verdad. Comencé a temblar, mi pulso se aceleró, no podía hablar y él quería una respuesta.
No podía ser yo tan idiota como para hacer esperar a ese ángel. Peor aún, una idiota como yo no podía esperar que ese ángel hablara en serio. Sin embargo, él no era capaz de engañarme de aquella forma. Sus ojos no mentían.
Entonces, me besó. Qué tonto. Podía irse olvidando de mi respuesta. ¿Cómo diablos pretendía que yo emitiera sonido alguno después de que me besara? Imposible.

Al final, pude decirle que sí quería que fuéramos novios. Aunque no lo pude creer las semanas siguientes. Estaba tan feliz que no importó ganarme a sus ex novias como enemigas de por vida.

Siempre he sabido que la vida no es justa. No obstante, esperaba que se hiciera una excepción en el caso de Alejandro y yo. Qué imbécil fui. La felicidad duró tres meses. Qué crueldad. Todavía, cuando me pongo a pensar en ello, llego a la conclusión de que la vida está loca. Ni en la más tenebrosa de las dimensiones la belleza y perfección llamada Alejandro hubiera terminado entre los hierros de su carro. Oh, sí, él murió. El amor de mi infancia y adolescencia está muerto.

No. No, él no está muerto. Digamos que todavía está vivo. Eso sería menos doloroso. Supongamos que ahora él y yo vivimos en un pequeño pueblo; en donde llueve siempre; en donde las mañanas siempre son blancas y frías como sus manos; y en donde, cada noche, su hermosura cae sobre mí como una noche de fantasías azules sobre las montañas en invierno.

No puedo evitar imaginar lo que pudo haber pasado si él no hubiera fallecido. He inventado por lo menos mil historias hasta ahora. En todas hay un final feliz, obviamente. No piensen que es cobardía o evasión de mi parte. Es simplemente un acto final de compasión por mí misma y por él. Es como devolvernos un pedazo de la dicha de la cual la vida nos privó.

Twilight Slideshow....Edward Cullen Lovely

Edward and Bella by me